De habitante a ciudadano

De habitante a ciudadano

Ciento de miles de personas se han movilizado en estos últimos días por motivos diversos: La reforma laboral y la ley penal para menores son las más resonantes e impactantes junto a la marcha de los jubilados de los miércoles.

Impactan no solo por lo multitudinario sino la transversalidad ideológica por la unidad. Comunistas, peronistas, socialistas, independientes, etc. todos juntos y con un común denominador: defender las fuentes de trabajo y a la Ley.

En nuestro país, creo, está llegando el momento de un cambio social muy profundo y estoy convencido de que es irreversible. Dijo el Cardenal Jorge Bergoglio antes de ser  proclamado como Papa que “es necesario que cada uno recupere cada vez más la propia identidad personal como ciudadano, pero orientado hacia el bien común.”  Un pensamiento simple pero no menos profundo.

Durante muchos años se fomentó el culto al individualismo, exaltando rasgos particulares y esa actitud nos fue llevando a una situación social muy compleja, que se agravó durante el nefasto período del gobierno de facto. El no te metás; algo habrá hecho; no se; no vi; no me meto en política y frases como estas nos han llevado a encerrarnos en nuestro entorno íntimo perdiendo de vista al prójimo. Al recluirnos en la esfera privada, perdimos la noción de alteridad, el reconocimiento del otro.

Increíblemente, no tenemos idea de quién es nuestro vecino, a qué se dedica. En las grandes urbes se conviven bajo un mismo edificio cientos de personas que se cruzan diariamente por la misma puerta o compartiendo el mismo ascensor sin siquiera saludarse.

Lentamente hemos ido creando una sociedad de muchos individuos y ningún ciudadano. Con la energía puesta en el interés personal. Encerrados en nosotros mismos. Casi diría, un fiel reflejo de la definición de habitante: toda persona que habita la superficie de un país.

Sociológicamente, hemos construido una sociedad de "muchos habitantes y pocos ciudadanos". El habitante es un sujeto pasivo. Se define por la ocupación de un espacio geográfico y el consumo de servicios. Su energía está puesta en el interés privado.

El ciudadano es un sujeto político y ético. Posee conciencia de pertenencia y entiende que su libertad individual está intrínsecamente ligada a la salud del cuerpo social.

Felizmente, en algunas localidades del interior todavía mantenemos esa unión fraternal, de sana convivencia y solidaridad que nos permite disfrutar de la vida en familia, con amigos y también con los vecinos y compoblanos. Mantenemos encendido el espíritu de ciudadanos.

Pero nos falta el compromiso común. Desarrollar el interés por la cosa pública. El cuidado y el resguardo del patrimonio de lo urbano, que es de todos y cada uno de nosotros. Un menor delinquiendo, un hombre sin trabajo, un desnutrido, un enfermo, un adicto, son temas que deberían preocupar y ocupar a todos.

Un funcionario que no cumple con la tarea que le ha sido confiada o se aprovecha de su puesto para intereses personales debe ser denunciado por todos y cada uno de nosotros. Es una obligación ciudadana.

Para ser ciudadano no alcanza con ser parte de una sociedad. Hay que tener identidad y conciencia de pertenencia. Hay que ser pensante, comprometido y fundamentalmente unido en pos de un objetivo: el bien común.

Nuestra patria necesita más que nunca de la unidad de sus hombres y mujeres. Respetando las diferencias culturales, económica, partidarias, raciales y religiosas de cada uno. Las marchas de estos días nos dieron un muy claro mensaje de ello.

Para ser ciudadano no basta con figurar en un padrón. Se requiere identidad y conciencia de destino común. El ciudadano es quien comprende que un joven en la delincuencia o un anciano en la miseria no son problemas ajenos, sino fallas orgánicas del Estado que afectan la calidad de su propia democracia.

La verdadera unidad no exige uniformidad. Al contrario, la riqueza de la ciudadanía radica en la capacidad de articular diferencias culturales, partidarias, religiosas en pos de un objetivo superior. 

Las marchas recientes son un síntoma de salud democrática, nos recuerdan que nada se logra en la soledad del individualismo. El progreso social es, por definición, un acto colectivo.

Solo cuando nos atrevemos a dar el salto ético de conciencia, empezamos a construir, finalmente, una Patria. Nada se puede lograr en soledad. No hay cambios posibles ni mejoras, mucho menos progresos como sociedad.

No tendremos Patria, si no nos atrevemos a dar el salto de habitantes a ciudadanos.

 

       ANTONIO FABIAN HRYNIEWICZ