Argentina levantate y anda

Argentina levantate y anda

“Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo estoy aquí… ¡RESUCITANDO... !”, así comienza la primera estrofa de la poesía hecha canción escrita por María Elena Walsh e interpretada espléndidamente por Mercedes Sosa.

Siempre me impactó este tema por que me trae muchas sensaciones emotivas a la mente. La vida de mis padres, sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial que renacieron en la década del 50 en nuestra patria, a la que amaron y defendieron profundamente y a la que, en agradecimiento a su generosidad y hospitalidad, retribuyeron de la única manera que estaba a su alcance: trabajando, siendo íntegros, solidarios y constituyendo una familia con dos hijos natos en este suelo, a quienes dejaron como legado único un enorme bagaje pleno de valores morales y ejemplos de vida.

Y así, como mis padres, que los honro todos los días, también llegaron otros inmigrantes de diferentes partes del mundo, con distintas culturas, lenguajes y religiones, pero unidos por el común denominador del sufrimiento de la cruel guerra y sus nefastas consecuencias.

Me crié en un barrio cosmopolita. Una cuadra habitada por italianos, españoles, polacos, suizos. También alemanes y judíos, armenios y turcos. Personas procedentes de pueblos otrora enfrentados por la beligerancia y hablando distintos idiomas pero hermanados por un objetivo común de desarrollo, prosperidad y paz, en un contenedor único que lo hacía posible, la República Argentina.

Esta tierra bendita logró milagros de convivencia, borró resentimientos y odios. Muy pronto, los extranjeros se aquerenciaron. Se cumplió con la característica muy bien señalada por Raúl Scalabrini Ortiz en su magnífico libro “El hombre que está solo y espera”, una auténtica biblia sociocultural de los argentinos, cuando dice que el hijo de extranjero nacido en este suelo, es argentino. No solo por manda legal sino porque ocurre el milagro que no se da en otro lugar del mundo. El nacido tiene identidad propia de esta tierra y carece de la memoria genética del origen cultural de sus padres.

Esto es producto de la paz, de las oportunidades y de las libertades que ofrecía nuestra patria. Pero tristemente, todo se fue diluyendo con los años. Se terminaron esta calidad de corrientes inmigratorias. Y, curiosamente, se fueron perdiendo de a poco la puesta en valor de y por lo nuestro.

Los sucesivos golpes de estado, la guerra por las Malvinas, la profesionalización de la política, el egocentrismo, el facilismo, el egoísmo y tantísimos “ismos” más, fueron de a poco llevándonos a un estado de confusión y ruptura social, que nos han hecho olvidar de nuestros orígenes y propósitos como pueblo. Como lo habían soñado nuestros padres y abuelos.

Hemos matado a nuestra Patria muchas veces. Con armas terribles como la tiranía, el golpismo, la guerra, la corrupción, la injusticia, la inseguridad. La pérdida de valores familiares. El caos.

¡¡Ay!! Argentina mía, tantas veces te mataron, tantas veces resucitarás porque eres un suelo bendito que ha dado a la humanidad grandes constructores de la vida.

Científicos, deportistas, escritores, artistas. Hasta el Papa más innovador de la historia del Vaticano.

Tantos desencuentros y tantos lamentos son nuestro estigma desde el nacimiento de nuestra querida Nación. Pero no desesperemos. Son actos confusos propios de la pubertad y del crecimiento como sociedad. Como púber país que aún no sabe lo que quiere.

Nos está costando mucho encontrar el camino y encauzarnos. Pero la sabiduría  popular dice que lo que cuesta vale. Y no tengo dudas de que es así.

Para los cristianos, en la Pascua, Dios brinda la confianza en la resurrección y  esperanzas de una nueva forma de vida.

En lo personal, hago votos para que también nos de la fortaleza de fe suficiente para creer en el renacimiento de nuestra Argentina, con equidad, con entendimiento y sobre todo, en paz.  

Elevo mis plegarias para la unidad familiar y el reencuentro de los argentinos.

ANTONIO FABIAN HRYNIEWICZ